El Problema Invisible

Año 1863, la empresa Phelan & Collander necesita marfil para seguir fabricando bolas de billar, pero este material escasea y se corre el riesgo de extinguir a los elefantes, así que organizan un concurso para que se presenten ideas de materiales que puedan sustituirlo. John Wesley Hyatt gana presentando un producto al que llama celuloide, el padre de lo que hoy conocemos como plástico.

Mejora tras mejora, en los años 60, ese material hecho de largas cadenas de polímeros sintéticos llega para suplir las carencias de recursos que la naturaleza, en su máxima expresión de tacañería, tiene la desfachatez de cedernos de manera tan lenta. ¡Era un milagro! Y como consecuencia se desarrolla una cultura en torno al plástico. Un fanatismo por este material al punto de hacerse musa de artistas de la época, hasta que la saturación es tal, que como todo lo que sube debe bajar, el plástico empezó a ser sinónimo de imitación barata y lo escaso se convirtió en lujo, y el lujo tiene buenos clientes. Se siguieron matando elefantes, por supuesto, pero la diferencia era que ahora cualquiera podía tener un peine de “marfil” o “carey” digno de los Rockefeller, y mucho más barato.

No obstante, si algo hay que reconocerle al plástico es su versatilidad. Se puede hacer prácticamente todo de este material y ello lo ha hecho imprescindible en nuestras vidas.
¿Quién se resiste?

Un simple ejercicio, hagamos, desde que nos despertamos hasta que nos acostamos, una lista de todos los objetos de plástico que usamos. Pareceríamos reporteros tras una noticia con la libreta en la mano. Ahora al revés, anotemos objetos que no lo sean o contengan ¿Ven la diferencia? Mucho menos entretenido, ¿no?

El plástico ha llegado y para quedarse, no solo en nuestra vida, sino en el planeta. Millones invertidos en retrasar la vejez y mantenernos jóvenes y hemos acabado otorgando la inmortalidad a un material que, en el mejor de los casos, usamos unos meses. Para que tengamos una pequeña referencia temporal, si Shakespeare, mientras escribía Hamlet, hubiera tomado un descanso para beberse una botella de agua, ese plástico aun estaría entre nosotros.

Los avances en medicina han sido posibles gracias a investigaciones y al plástico. Neonatos que necesitan cuidados viven sus primeros días en burbujas de plástico, marcapasos que ayudan a corazones defectuosos y venas artificiales en las que viaja la sangre. El plástico transmite esa sensación de limpieza, de estéril. El ámbito de la tecnología también tiene que agradecer al plástico, ahí lo vemos como útil y elegante.

Pero, cuando vamos a un supermercado, cuando vemos un melón ecológico envuelto en “film transparente”, una naranja pelada dentro de un recipiente de plástico o el uso de una bolsa para cada tipo de fruta, ¿cuál es la sensación? ¿limpieza, utilidad o elegancia?
El don de poder ser cualquier cosa y perdurar ante cualquier condición, ¿acaso ha hecho que se abuse de él?

Se calcula que 8 millones de toneladas de plástico se vierten al mar cada año. Para que nos hagamos una idea, porque decir 8 millones y decir nada es lo mismo sin un referente en la cabeza, es como verter el equivalente en peso a 800 Torres Eiffel o 34 islas Manhattan.

En nuestra infinita ignorancia y egocentrismo, hemos ido mal usando el planeta, extrayendo recursos y devolviendo basura. Elías Nandino dijo una vez, “nada es tan mío como el mar cuando lo miro”, y hemos creído que es así realmente, pero no es cierto. El mar no nos pertenece en exclusiva y tratarlo de contenedor ha hecho que científicos extraigan conclusiones tan catastróficas como que, para el 2050, poco más de 30 años, habrá más plástico que peces en los océanos.

El Doctor Nicolás Olea, catedrático de Medicina en la Universidad de Granada y coordinador de Investigación del Hospital clínico granadino, especialista en radiología y oncología, lleva años dando conferencias sobre el impacto causado por el plástico y sus componentes en el sistema endocrino humano. Ha comprobado que los ftalatos y el Bisfenol A, junto con otros tóxicos, son disrruptores hormonales. Esto no afecta en exclusiva a la población con bajos ingresos, a la que vive en la ciudad o el campo, al tercer mundo…no, este problema invisible es global. Olea declara, con el respaldo que dan los resultados de pruebas en madres e hijos de Granada, que “los bebes de la ciudad y sus madres mean plástico”.

Este milagro artificial se ha introducido en la cadena alimenticia, el plancton se lo come, el molusco, el pez, el humano, todos… sin contar con la cantidad de animales que mueren asfixiados o atrapados en los plásticos.

Como decía antes, el plástico ha llegado y para quedarse. Dentro de unos años, puede que nuestros hijos o nietos tengan que estudiar una nueva etapa de la historia, el Antropoceno. En Hawaii han descubierto rocas constituidas por la fusión de plástico, piedras, conchas y arena, por lo que ya forman parte del registro geológico de La Tierra.

El problema ya está identificado, pero no asimilado. Tenemos que ganar conciencia, pecamos de confiados adoptando la postura del “yo solo no puedo hacer nada” y tal vez sea verdad, pero alguien tiene que empezar. Asociaciones, empresas, particulares y gobiernos …, hay muchas personas que están aportando, tanto para hacer llegar el problema como para afrontarlo. No dejemos que La Tierra y nuestro cuerpo sean basureros.

Existen alternativas, esperanzas. Cada día aparecen noticias sobre la invención de un bioplástico, un país que prohíbe las bolsas de un solo uso o una persona anónima que envía fotos de la limpieza que, voluntariamente, ha realizado en la playa cercana a su casa. No creamos que se puede volver al punto inicial, nunca se puede. Pero ya que sólo podemos ir en un sentido, al menos que ese sea el correcto, el responsable, el sostenible, por nosotros y los que vendrán. No huyamos, o como dice Mikel Izal, si lo hacemos que sea hacia delante y nadie nos podrá llamar cobardes.

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